Suena la alarma del reloj. Son las siete de la mañana.
Paco, un fornido hombre del norte, se levanta temprano como todos los días para
ir al trabajo.
Tras unos segundos, sentado en el borde de la cama, se
pone sus viejas zapatillas de estar por casa y se dirige al cuarto de baño.
Se centra frente al espejo y apoyándose en el lavabo con
los dos brazos, toma aire haciendo concentrar toda la presión en su parte baja
del vientre, provocando que todos los gases retenidos durante la noche sean expulsados
al exterior. Suena un pedo descomunal semejante al trueno de una tormenta
rabiosa.
Desde la habitación contigua, se escucha la voz de su
esposa con acento andaluz diciéndole:
- Paco, cualquier día te van a tener que coger puntos de
sutura, “hijo de mi alma”.
Paco sonríe y sigue con su aseo matutino. A los cinco
minutos le pregunta su mujer:
-¿Dónde vas tan
temprano?
–Donde voy a ir,
al trabajo.
-¿Al trabajo? Cariño no te acuerdas que ayer firmaste los papeles de la jubilación.
Cuando Paco escuchó esta última frase dicha por Maru, su
esposa, le cambio el semblante por completo. Su rostro se asemejaba más a la fachada de una casa en
ruinas que a la de aquel hombre olvidadizo en su primer día de jubilado.
Tras unos segundos ausente, se dirigió a Maru y le
pregunto:
- ¿Y ahora que voy
a hacer en todo el día?
Por suerte para su mujer y desgraciadamente para Paco,
Maru ya le tenía preparada una lista de tareas que de seguro no se iba a
aburrir. Ella lo miró y con su graciosa y peculiar forma de hablar tan zalamera
le dijo:
-De momento ve
preparando el desayuno y luego al súper a comprar cuatro cosillas.
-¿Yo al súper? Dijo Paco.
-Claro, tú y yo. Los dos. Al súper.
Paco bajó la cabeza,
mientras se dirigía hacia la cocina iba pensando en la que se le avecinaba.
Él no estaba
acostumbrado a estar tantas horas junto a su esposa y menos siendo su escudero
como se veía venir.
En esos momentos se encontraba en un estado de meditación
con tintes de enajenación y ofuscación tan grande, que en la primera remesa de
tostadas se les quemaron todas y en la segunda quedaron algo morenitas.
Pocos minutos después de haber desayunado, se presentó su
mujer en la cocina, súper maquillada. Paco la miró de arriba abajo y le dijo:
-¿Qué vamos de fiesta?
-¡Que gracioso!
¿No te gusta cómo voy? – Dijo Maru con una risa picarona.
-Sí, cariño si, vas muy guapa.
Mientras iban
saliendo por la puerta de su casa, Paco solo sabía decir para sí mismo:
-Toda mi vida esperando a jubilarme para no escuchar las
ordenes de mi jefe y así poder relajarme de tanta tensión y lo único que he
hecho ha sido cambiar de empresa, ahora tengo una jefa y en mi primer día de mi
nuevo trabajo, ya me tiene de los nervios.