“LAGRIMAS AGENAS”
La mayoría de las veces rozamos el dolor ajeno, dando
gracias a la fortuna por habernos esquivado y continuamos con nuestras vidas,
sin dar más importancia a los acontecimientos que se han instalado en otro
camino que no es el nuestro.
Seguramente os habréis visto alguna vez en una circunstancia
parecida. Precisamente hoy he vivido en primera persona una experiencia, de las
que hace llorar al corazón.
Desde bien temprano acudimos al hospital mi mujer, mi hijo y
yo, ya que intervienen quirúrgicamente a nuestro jovencito. Lo estuvimos
acompañando todo el tiempo hasta llegar a las puertas de quirófano, a partir de
ahí, tenía que hacer el resto del recorrido él solo. Y ahora a esperar, como
varios padres que ya se encontraban allí y otros que iban llegando.
Los segundos parecían minutos y los minutos, horas. Por más
que miraba las manecillas de un viejo reloj de aquella habitación, el
caprichoso tiempo parecía ralentizarlas, burlándose de mí y haciendo la espera
larga e interminable.
De vez en cuando salía un cirujano, para comunicarles a los
padres del niño intervenido, el éxito de la operación. En sus rostros se
iluminaba progresivamente la felicidad, aparcando a un lado la preocupación e
incertidumbre que habían pasado.
Poco a poco la sala de espera a las puertas de quirófano, se
iba desalojando, ya solo quedábamos cuatro parejas deseando de tener noticias
de nuestros hijos. Espectantes a la salida del médico, todos mirábamos al mismo punto, una pequeña
rendija entre las dos puertas abatibles que apenas se veía el interior y que al
oscurecerse significaba la proximidad de un cirujano a punto de salir por ellas. Volvieron a
abrirse de nuevo, esta vez el señor del bisturí llamo a los padres del fondo.
Al termino de la conversación, un desesperante grito de dolor por parte de la
madre, hizo que las pocas personas allí presentes, volviéramos la mirada hacia
ella. La mujer abrazo a su marido con tal intensidad que se fundieron en una
sola figura. Su llanto entrecortado por sollozos no solo recorrió la habitación. Los sentimientos de los demás
padres se trastocaron ante la escena vivida. Las lágrimas acudieron a los ojos
de todos y como si nos hubiésemos puesto de acuerdo telepáticamente, casi al
unísono, nos fuimos acercando al matrimonio, rodeándolos para darle ánimos,
cariño, comprensión… Esa gran carga negativa
de la mala noticia descansaba ahora sobre mas pilares, compartiendo así sentimientos
agenos. Empezamos la espera cada pareja
en lados opuestos y tuvo que acudir la señora desgracia para hacer que nos
uniéramos, viviendo todos en compañía de extraños, la reacción producida por
las malas noticias.
Así es como tenia que haber pasado y es como sucedió excepto
el desenlace. Esa mala noticia para los padres del fondo y el llanto
desesperado y atormentado de la madre, nos conmovió a todos los presentes, pero
la realidad fue otra. Todos tragamos saliva y contuvimos las lagrimas y desde
luego reprimimos el deseo de acompañarles en tan malas circunstancias, teniendo
en mente única y exclusivamente el deseo de no correr la misma suerte que
estaban experimentando ellos. En el fondo de nuestros corazones aplacamos la
necesidad de liberarnos y acompañar al necesitado en esos momentos tan
delicados, aunque sean desconocidos. Unas palabras de aliento, un abrazo,
simplemente estar, ya es mucho. Sin embargo nos queda dar ese paso. Las ganas
al igual que la indecisión ya las tenemos.